viernes, 11 de abril de 2008

2 - Cuarto de atrás


Había un cuarto que parecía una casa más adentro de otra. Estaba atravesando todo el patio de atrás y pegado a las escaleras que daban a la azotea. Este cuarto no tenía llave ni persianas en sus ventanas. De noche nunca fui, era lóbrego. Cuando entrabas parecía estar abandonado por algún estudiante que se había muerto tratando de salir de allí. Tenía varios escritorios metálicos, fríos, damnificados y todos llenos de libros semiabiertos. En mi familia había médicos y odontólogos por lo tanto también había artilugios de medicina y odontología que la mayoría de las veces terminaban siendo entes de juego.

Había extrañas máquinas y materiales que me conferian ilimitación para mis aventuras infantiles. Siempre que entraba al cuarto encontraba algo insólito, nuevos aparatitos y artefactos, a veces minúsculos, a veces inmensos. Había también varias máquinas de escribir de distintos tamaños y formas. Imagínense la cantidad de cosas que había, no de medicina solamente, cosas de la vida, de una vida de médicos. Podías encontrar desde balanzas hasta cañas de pescar.


Antes los médicos ganaban muchísimo dinero. Recuerdo que en su momento, y me imagino que con la visión que yo tenía siendo tan pequeño, tengo la imagen de dos bibliotecas inmensas. Una llena de revistas Reader's Digest y otras revistas de costurería, dado que la abuela Maruca tenía ese hobbie, y la otra llena de libros. Me la pasaba hojeando libros horas y horas de mi infancia. Había libros tan pequeños que cabían en la palma de mi manito y otros tan grandes que ni abrirlos podía. Algunos parecían ser muy antiguos, algo así como de conjuros mágicos y de pociones. Otros estaban comidos por las ratas, otros directamente solo tenían la tapa, algunos muy nuevos y hasta algunos sin abrir, se notaba porque no tenían doblaje en sus hojas de una posible lectura. Era una gran biblioteca.

Más en el fondo había otra puerta y por ende otro cuartito más. A medida que se atravesaba el cuarto, este se iba cerrando formando un triángulo, visto desde arriba. El último cuarto era el más raro y tétrico. Para llegar a esta cámara tenía que trepar y saltar una bicicleta que nunca en mi vida volví a ver, era de carreras. Siempre quise sacarla del cuarto pero físicamente era imposible trasladarla por la cantidad de bloques que había en el suelo. Maquinarias y cajas y cajas de cosas, pilas de libros apilados y un montón de sillas. Este sub-cuarto del fondo, el más mohoso también, estaba lleno de juguetes, pero juguetes que nunca en mi vida me hubiese imaginado que se comprarían y se usarían. Habían sido de mi madre y de mis tíos. Recuerdo monopatines rotos, y miles de piezas de un posible mecano muy antiguo. Obvio que tan desertados que no me daban ganas ni de jugar con ellos. Pero lo que más había eran juegos de niñas, muñecas sin cabezas o sin pelo, y ropitas comidas por las ratas y las cucarachas. Era muy particular de mis abuelos eso de no tirar absolutamente nada. Todo se lo guardaban así no tengan uso, pero yo me encargaba de darles ese uso. Debe ser por eso que no guardo muchas cosas ahora, por la hartura que vivíamos siempre de porquerías.

Las cucarachas eran como parte de la familia. Siempre andaban a la vista, su olor era como oler la madera del living o el olor a tortafritas de las tardes. Estos artrópodo de respiración traqueal caminaban como dueños de la casa, a veces por encima de uno. Hace unos días una cucaracha, y hacía mucho que no veía una, apareció en mi habitación, trepó por mis pies desnudos y no tuve reacción de nada, ni el reflejo de aversión, ni movimientos de impresión, unos amigos me miraron perplejos, la cucaracha también. Claro, estoy tan acostumbrado a haber vivido con ellas que es como saber andar en bicicleta, nunca se pierde eso.

El olor a rejilla de la casa también era habitual, aún extraño ese hedor. Es raro, pero extraño casi lo peor que tenía esa casa. Las sábanas de todas las camas estaban rotas y viejas, los colchones duros o sin sus tripas. Las ventanas sin vidrio. Era una mansión llena de cosas, pero muy maltratadas.

Había un solo teléfono, era de esos negros viejos que pesaban una tonelada y tenían el marcado giratorio, cuando ya había teléfonos de plástico y con botones. Lo sugestivo de este aparato era que infructuosamente estaba en la entrada de la casa, mientras todos vivíamos atrás. Cuando sonaba tenías que correr y si tenías suerte llegabas a atender. Ni hablar cuando sonaba a la madrugada, había que pasar por todo el patio interno inmenso y en la cerrazón a veces se hacía más difícil. Lo bueno era que sonaba con un volumen que podía escucharse a años luz de distancia. Extraño también oír ese teléfono que no paraba de sonar, aún recuerdo el número, 826834. Desde la cocina se oía con un Reverb natural que hoy en día lo hubiese usado para algún tipo de canción.

La cocina era un caos increíble. Una de las cocinas más grandes que vi en mi vida. Todo el tiempo en constante uso estaba. La heladera aún hoy me enajena recordarla, era una heladera inmensa de dos puertas, y el congelador estaba en la parte de abajo, muy raro. Nos obligaban a calzarnos para abrirla porque parecía despedir descargas eléctricas de todo tipo. Una vez un avioncito, posiblemente uno de los mejores que había hecho en mi subsistencia, fue a parar arriba de esa heladera, y nunca me animé a buscarlo, allí debe estar aún. Porque la casa si bien se perdió por un juicio familiar hace muchos años, la heladera era tan grande que no pudieron sacarla de allí. Así que voy a tener la espina insertada en el alma por aquel avioncito de papel toda mi vida. Así como también voy a sentir el abrumo de no animarme a saltar del techo de la parrilla a la terraza. Todos los días me paraba arriba y sin animarme pensaba resignado: algún día tal vez cuando sea más grande voy a saltar, pero nunca ocurrió.

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