
Obligando al aire a acariciarnos en su quietud, entre los límites de nuestro vértigo casi insípido. Erosionando con los pies el suelo árido por la naturaleza de una niñez cálida, como una cascada antigua y su rutinario recorrido. Una cascada de felicidad y gritos de vida, a veces de golpes y porrazos, y enfrentando cada segundo de adrenalina y la brisa siempre distinta, entre la ida y la vuelta, oyendo el agudo sonido que sale de la acción, el sonido de las hamacas que respiran con su metalúrgica asma… participando en esa ingrávida mixtura de sensaciones… solo un simple vaivén que nos refleja libertad entre un impulso hasta el final y el regreso… que nos dice que al volar el alma nos vitaliza el corazón de alegría y es parte del juego ser parte del viento, por unos segundos… el solo hecho de no tomar contacto con el suelo ya somos del aire.


