
Pedro es un fugaz gandul de los días que caen junto al sol.
Es un punto fijo en el final de la galaxia campesina.
Ayer solo soplaba su cuerno para darse a conocer, hoy es parte de su arado, de su huerta muerta, mañana da sus mil pasos para atrás con el viento entre el descanso imaginario y su pérdida notable de modales.
Pedro tiene corazón, y yo lo vi llorar por otro.
Pedro nunca es de llorar.
Pedro muere de paz, murió de libertad, morirá en plena algarabía espiritual, pero con su pala bien afilada, como él buscaba y afilaba ya sin conciencia del porqué, en cada minuto gastado para mi, ganado para él, en su alba intrínseca con su lima desertada.
Pedro es ese sector que alguna vez ya fué él.
Es un grito en las siestas y no más.
Pedro es indio, es inentendible.
Pedro es simplemente pedro.






